EL SABER PRÁCTICO

Actualmente hay consenso respecto a que la educación es fundamental para el crecimiento económico de cualquier país. En este caso en particular, Benjamín Álvarez advierte que uno de los factores importantes para lograr desarrollo económico estable es la competencia humana en términos de capacidad de aprendizaje, de producción, de uso del conocimiento y de adaptabilidad.
Las preguntas que surgen del planteamiento de Álvarez son ¿cómo está respondiendo la Educación Básica y Media en el desarrollo de esta competencia humana? ¿cómo puede la Educación en Tecnología ayudar a los estudiantes a desarrollar el pensamiento práctico que, según el autor, tanto impacto tiene en el progreso de la sociedad?

1. CONOCIMIENTO Y DESARROLLO
1.1 El saber práctico
Por Benjamín Álvarez
«La historia reciente de los conflictos internacionales, el surgimiento de nuevos polos de poder en el mundo y los cambios que están ocurriendo en todos los ámbitos de la vida humana como consecuencia de la ciencia y la tecnología, sobrepasan todas las predicciones que los filósofos e historiadores hicieron en el pasado en relación con el conocimiento como fuente de control e instrumento de transformación del universo natural y social.
Aristóteles, por ejemplo, difícilmente pudo imaginarse las infinitas posibilidades del saber práctico cuando lo opuso al saber especulativo, en razón de su finalidad (De Anima, III, 10, 433, a.13). Mientras que el propósito de este segundo tipo de saber es el conocimiento en sí mismo, el conocimiento práctico estaría orientado a la producción de resultados (v.gr. una tecnología) o a la rectitud de una acción (en términos actuales equivaldría a la formulación de una política).
Según el filósofo, el conocimiento práctico requiere del concurso de otras facultades del espíritu además de la inteligencia, tales como las habilidades de creación (innovación) o de producción (capacidad gerencial) y el apetito por la acción; el criterio de verdad de este tipo de conocimiento estaría más allá de la confirmación teórica, puesto que su objeto es actuar eficazmente sobre las personas y las cosas. El concepto de conocimiento práctico es quizás más rico que el de la investigación aplicada para explicar el papel de la ciencia en la sociedad. En efecto, la investigación llamada básica es con frecuencia una etapa necesaria en un proceso complejo de solución de problemas, en el desarrollo de una tecnología, de un producto nuevo, una vacuna, o aún una decisión política.
Son incontables los pensadores que, desde el tiempo de Aristóteles y desde muy diferentes perspectivas, examinaron las previsibles relaciones entre el saber y la acción, la práctica o el poder. Pero hoy en día esta conexión se impone de tal manera que constituye un patrimonio de la conciencia universal y es un hecho cotidiano.
En particular, a medida que el saber práctico y la información se vuelven más necesarios para el progreso de la sociedad y para el bienestar personal de cada individuo, el valor económico del conocimiento cobra una mayor importancia. Tanto así que, visto en perspectiva histórica, el crecimiento o desarrollo económico no ha sido otra cosa que el aumento en la capacidad social para controlar la naturaleza, es decir, para aplicar nuevos conocimientos a la manipulación productiva del mundo.
Los economistas suelen concebir el producto como una función de dos factores básicos: el capital y el trabajo (agregando a veces la tierra, es decir, los recursos naturales como un tercer factor de producción). Pues bien, esta función resulta muy adecuada cuando se habla de una empresa individual, del conjunto de una industria o aun de un país en determinado momento. Pero cuando se trata de explicar cambios de largo plazo en un mismo país o de explicar la diferencia de ingreso entre países ricos y países pobres (es decir, cuando se trata del crecimiento económico como tal), la dotación de capital, de trabajo y de recursos naturales explica apenas la mitad o menos de las diferencias en el producto total. El resto de la variación en el producto, denominada productividad total de los factores, resulta del cambio tecnológico, o sea, de utilizar una cantidad dada de capital, de trabajo y de recursos naturales bajo una tecnología más o menos moderna y productiva.
El conocimiento aplicado ha sido y es, pues, la clave del desarrollo económico. La localización geográfica, el tamaño y otras variables han demostrado un valor explicativo muy limitado del desarrollo de los países. La estabilidad política y la flexibilidad, la capacidad de adaptación de las instituciones y la competencia humana, por el contrario, parecen ser condiciones sine qua non para lograr metas de desarrollo, como la trayectoria de las economías de industrialización reciente o NIC tiende a confirmar. Además de implantar políticas macroeconómicas adecuadas, la existencia de una capacidad (institucional y humana) parece constituir un ingrediente esencial para el progreso.
Las políticas económicas por si mismas no hacen milagros. Pasar de un modelo económico a otro con características opuestas no es suficiente para lograr un desarrollo estable, conquistar un lugar en el complejo mapa del poder internacional y aumentar las opciones que puedan mejorar las condiciones de vida. Es imprescindible disponer de una competencia en el gobierno, en la industria y en la educación.
Se trata de la competencia humana en términos de su capacidad de aprendizaje, de producción y de uso del conocimiento y de la adaptabilidad a las instituciones para el logro de objetivos colectivos. Algunos, inclusive, han llegado a la conclusión de que “poco importa que no se posean ni minerales ni recursos energéticos ni capital. Poco importa que ni siquiera se posean las infraestructuras de producción; lo verdaderamente indispensable es el conocimiento” [1]».

NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
[1] De Closets, F., Communauté européanne, No 102, 1967.

CRÉDITOS
Álvarez Heredia, Benjamín -compilador- (1993): Ciencia y tecnología, retos del nuevo orden mundial para la capacidad de investigación en América Latina. Bogotá: Instituto de Estudios Liberales. El profesor Álvarez es representante regional para América Latina y el Caribe del Centro Internacional de Investigación para el Desarrollo, CIID, Montevideo, Uruguay.
Este fragmento está compuesto por apartes de las páginas 11-13 del mencionado libro y se reproduce aquí únicamente con fines exclusivos de ilustración de la enseñanza, de acuerdo con: Artículo 10 del Convenio de Berna (OMPI); Artículo 22 del Acuerdo de Cartagena, Decisión 351 de la CAN; Artículo 32 de la Ley 23 de 1982 de Colombia. Ver el artículo Limitaciones a los Derechos de Autor.

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